Cabeza de adoquín

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Con una pared inacabada a mis espaldas; con 500 ladrillos, 20 sacos de arena y seis de cemento apilados en la diminuta sala del departamento de mi madre; con la muñeca izquierda de mi pequeña hermana enyesada luego de una caída tonta en la escuela y este cansancio atroz de haber tirado y sacado agua durante horas para que al menos su alergia duerma en paz cada noche en medio del polvo de la construcción… con tantos dilemas familiares, hogareños, concretos y solo-míos por atender, no debería sentarme a las once y cuarenta y cinco de la noche de un sábado a hacer esto que voy a hacer.

Pero bien que me lo repite mi madre como un reproche todos los días de mi vida: yo tengo la cabeza muy dura.

Entonces, voy a hacerlo: voy a escribir del workshop de Berlín después de haber leído en el Blog La Pupila Insomne los tres trabajos publicados al respecto: el del señor Justo Cruz, el del compañero Rafael Cruz y el de Iroel Sánchez, administrador del blog; eso y el sinfín de comentarios generados debajo, al menos hasta donde alcanzó mi paciencia y mi disponibilidad de tiempo.

Todo he tenido que consumirlo, por supuesto, desde una memoria flash traída por un buen amigo (uno de los de verdad, de los que te pregunta si tiene dudas de a dónde fuiste y a qué y qué tal, sin andarse con dobleces). Sin acceso funcional a internet, como una parte abrumadora de los cubanos residentes en Cuba, mis relámpagos de conectividad una que otra vez a la semana se reducen a saber de la salud y la vida de mi papá y mi hermana, y del resto de seres queridos que la migración me ha llevado lejos; así que enterarme de las polémicas que se mueven en la web es, tristemente, una asignatura que me veo forzada a dejar pendiente. Por ahora.

Mi buen amigo me aconsejó bien: “no te fundas. Si vas a responder solo escribe limpiamente de tu experiencia en el taller y ni hagas alusión a esto que se ha formado. Haz tu postcito lindo de Berlín y, de alguna manera, eso será una réplica”. Pero yo no soy ¿inteligente?- (no sé, a veces creo que se usa esta palabra queriendo decir cosas como taimada, cautelosa o sinflictiva). Yo soy frontal, transparente, sincera… tremendamente “bruta” en ocasiones como esta; y aunque vaya a publicar luego el postcito lindo de Berlín de todas formas, creo que alguien del tan interpelado grupo del “Kuba Workshop Berlín septiembre 2015” debería decir algo ante la avalancha de índices acusadores.

Trataré de ser puntual y atenerme a esclarecer las inquietudes vertidas tanto por los inquisidores del encuentro como por algunos de los comentaristas de los textos:

  1. ¿Quiénes fuimos al taller?

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Happy

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Fregando con Raúl Paz los restos de frijoles del almuerzo. Chorreando el piso de espuma. Bailando en círculos que nadie sabe de amor. Compartiendo mis mejores gallos con los vecinos del piso de arriba, del mismo piso, y del piso de abajo.

Asustando a mis gatas.

Molestándole el noticiero vespertino a mi mamá. Con la pancita llena y el corazón muy contento. Con tremendas ganas súbitas de escribir, de abrazar, de silbar y de salir con las botas grises para la calle.

Sabiendo que ha llegado al fin la buena racha, porque lo dice la cosquilla en los deditos de los pies. Con un sobrino esperándome en Maternidad de cinco a seis de la tarde, y el día siendo demasiado corto, inalcanzándole a mis mil ganas.

Quizá porque Berlín, o porque las primeras 110 libras de mi vida; o porque Bernd y Leonie y Connie y Mohamed y la mejor novena periódistica del mundo mundial para salir a conocer el mundo.

Quizá porque ya solo faltan dos paredes y un poco de pintura, y se acerca otra vez el Turquino con lo más querido de mis seres queridos.

O porque al fin aprendí a amarlo dejándolo ir, sin que me duela.

Seguro también porque Jossie ahora me escribe, y ya no somos primas segundas o terceras, una en Miami y la otra tan más acá, sino amigas, amigas que se cuentan muchas cosas. Y porque ahora hablo con Lily muchas veces en la semana, y porque el Rorro me ha saludado “Malía” por primera vez en su añito y pico al verme regresar.

Y porque me han quedado zoquetes estos frijoles, y porque en la pantalla de un celular he visto en vivo a mi hermana y a mi Tiqui, y hemos hablado de cosas muy intrascendentes.

O sencillamente porque salió el sol por la mañana, y pusieron el agua a las siete, y se posaron los gorriones en el balcón a picotear el arrocito del sancocho.

En fin, por lo que sea: İFELIZ!, rayando en eufórica. Con altas probabilidades de hacer el tonto en la calle al ir mirando al cielo y sonriendo.

 

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Ahora que ya no me piensas

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Cuántas veces tendré que explicarte, chiquito necio, que tú y yo somos por encima de los estados civiles, las andanzas del tiempo, los silencios auriculares, tu propia voluntad… algunas fotos.

Los amores de la carne, en el segundo fatal en que les falla el alma, perecen sin remedio y se van al sitio sordo del “hola qué tal” al toparse en la acera. Los amores del alma, por el contrario, duran lo que dura uno, inevitablemente.

Cuando dos espíritus tropiezan y se descubren afines sin el más ligero contacto entre sus cuerpos, no hay puentes que dinamitarles para que su conexión acabe. Nada pueden contra ellos las distancias, los años, los demás.

Hay algo inmaterial muy peligroso que une a las almas gemelas de un hombre y una mujer que no se tocan con las manos. Hay entre ellos otros roces mucho más complejos. Seguir leyendo

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¿Dónde amor?

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Un chin en aquellos halones de trenza de Abelito y en el salpicar de sus piedritas a mis espaldas, cuando éramos novios en primer grado sin yo saberlo.

Dulcísimo y tibio, hundido en la masa de los pudines de abuela Sahara, esperando mi alegría golosa cada fin de semana, como un rito.

A pulso en la magia de esas jabas con que mi madre iba a verme cada miércoles y domingo a la beca del pre.

Sin poses, en el acto sencillo de juntar la comida de todas en una misma taquilla (la de Lore o la de Reglín) y compartir el botín a partes iguales hasta el día de la oncena que durara.

Visceral, único, luminoso, el día en que cargué por vez primera a la hermana-hija que mi madre me parió a mis diecisiete y descubrí, sin duda alguna, que era el ser más hermoso del universo. Seguir leyendo

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Pinza man

manos_ayudaMe dio la mano para subir al coche y sonrió una mueca de extravío. Sostenía con fuerza nerviosa un monedero rojo, muy cabaretero; una jaba blanca de esas de hacer mandados y un espejito cuadrado enmarcado en negro, que usaba para escrutarse a sí mismo, constantemente.

Mira, tengo un ojo blanco y el otro azul: parezco un dragón… debe ser el calor que hace.”

La señora de enfrente me miró y yo entendí en sus pupilas: “ten cuidado, es un loco”.

A mí me pareció un ser muy feliz.

Nos contó que iba para Nuevitas, “en este carretón no, por supuesto, en un camión o lo que aparezca cuando llegue a la terminal del Ferro. Allá voy a comprarme un jabón y a bañarme con la espuma del mar”. La señora le preguntó divertida si también se iba a afeitar. “Sí, a afeitarme también”- y se miró otra vez en el espejito. Seguir leyendo

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Poema I

siempre te espero

 

Cuando pasen los silencios

y sus ángeles

cuando acaben los reproches

de estorbar

cuando se desinfle solo y de a poquitos

ese globo espectral que es el orgullo

 

 

Al final de los miedos y sus muecas

después de los demás

de los tan lejos

de este no saber

y todo lo que dictan los pronósticos

 

Allá donde sea que nos escampe la tormenta

 

Yo seguiré sabiendo que te quiero

y aún

estará esperándote sereno

este beso mío

tan tuyo

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Raúl Paz, la mala memoria de un buen concierto

Leandro Armando Pérez PérezApareció media hora más tarde, porque primero tuvo que hacer algo de yoga para desacalambrar la nalga derecha sobre la que cayó hace unos días en un accidente practicando esquí. Se lo contó así, con tremenda naturalidad, a una audiencia efusiva que igual lo aplaudía aunque solo bailara con el hemisferio zurdo de su cuerpo, y luego la emprendió a tararear sus temas antológicos que, seamos honestos, el público se sabía mejor que él.

Aunque en “Gente ( con Swing)” sudó frío, el atoro grande fue en “Carnaval”: luego de los primeros acordes espaciados por la orquesta para darle tiempo a buscar en su libro de partituras, descubrió que no la traía, miró al pianista, hizo su gesto de “ay-mi-madre” y se lanzó a hacer lo que le dio su gana con el tema, que para eso es suyo, también.

La muchachada a sus pies lo regañaba cada vez que trocaba un verso. Él, a veces callaba y los dejaba cantar mejor a ellos, otras, ponía cara de “upsi, lo siento chicos” y seguía por ahí pa’ allá con su feliz atollo. Seguir leyendo

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