Ahora que ya no me piensas

rotas

Cuántas veces tendré que explicarte, chiquito necio, que tú y yo somos por encima de los estados civiles, las andanzas del tiempo, los silencios auriculares, tu propia voluntad… algunas fotos.

Los amores de la carne, en el segundo fatal en que les falla el alma, perecen sin remedio y se van al sitio sordo del “hola qué tal” al toparse en la acera. Los amores del alma, por el contrario, duran lo que dura uno, inevitablemente.

Cuando dos espíritus tropiezan y se descubren afines sin el más ligero contacto entre sus cuerpos, no hay puentes que dinamitarles para que su conexión acabe. Nada pueden contra ellos las distancias, los años, los demás.

Hay algo inmaterial muy peligroso que une a las almas gemelas de un hombre y una mujer que no se tocan con las manos. Hay entre ellos otros roces mucho más complejos. Sigue leyendo

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¿Dónde amor?

buscando_amor

Un chin en aquellos halones de trenza de Abelito y en el salpicar de sus piedritas a mis espaldas, cuando éramos novios en primer grado sin yo saberlo.

Dulcísimo y tibio, hundido en la masa de los pudines de abuela Sahara, esperando mi alegría golosa cada fin de semana, como un rito.

A pulso en la magia de esas jabas con que mi madre iba a verme cada miércoles y domingo a la beca del pre.

Sin poses, en el acto sencillo de juntar la comida de todas en una misma taquilla (la de Lore o la de Reglín) y compartir el botín a partes iguales hasta el día de la oncena que durara.

Visceral, único, luminoso, el día en que cargué por vez primera a la hermana-hija que mi madre me parió a mis diecisiete y descubrí, sin duda alguna, que era el ser más hermoso del universo. Sigue leyendo

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Pinza man

manos_ayudaMe dio la mano para subir al coche y sonrió una mueca de extravío. Sostenía con fuerza nerviosa un monedero rojo, muy cabaretero; una jaba blanca de esas de hacer mandados y un espejito cuadrado enmarcado en negro, que usaba para escrutarse a sí mismo, constantemente.

Mira, tengo un ojo blanco y el otro azul: parezco un dragón… debe ser el calor que hace.”

La señora de enfrente me miró y yo entendí en sus pupilas: “ten cuidado, es un loco”.

A mí me pareció un ser muy feliz.

Nos contó que iba para Nuevitas, “en este carretón no, por supuesto, en un camión o lo que aparezca cuando llegue a la terminal del Ferro. Allá voy a comprarme un jabón y a bañarme con la espuma del mar”. La señora le preguntó divertida si también se iba a afeitar. “Sí, a afeitarme también”- y se miró otra vez en el espejito. Sigue leyendo

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Poema I

siempre te espero

 

Cuando pasen los silencios

y sus ángeles

cuando acaben los reproches

de estorbar

cuando se desinfle solo y de a poquitos

ese globo espectral que es el orgullo

 

 

Al final de los miedos y sus muecas

después de los demás

de los tan lejos

de este no saber

y todo lo que dictan los pronósticos

 

Allá donde sea que nos escampe la tormenta

 

Yo seguiré sabiendo que te quiero

y aún

estará esperándote sereno

este beso mío

tan tuyo

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Raúl Paz, la mala memoria de un buen concierto

Leandro Armando Pérez PérezApareció media hora más tarde, porque primero tuvo que hacer algo de yoga para desacalambrar la nalga derecha sobre la que cayó hace unos días en un accidente practicando esquí. Se lo contó así, con tremenda naturalidad, a una audiencia efusiva que igual lo aplaudía aunque solo bailara con el hemisferio zurdo de su cuerpo, y luego la emprendió a tararear sus temas antológicos que, seamos honestos, el público se sabía mejor que él.

Aunque en “Gente ( con Swing)” sudó frío, el atoro grande fue en “Carnaval”: luego de los primeros acordes espaciados por la orquesta para darle tiempo a buscar en su libro de partituras, descubrió que no la traía, miró al pianista, hizo su gesto de “ay-mi-madre” y se lanzó a hacer lo que le dio su gana con el tema, que para eso es suyo, también.

La muchachada a sus pies lo regañaba cada vez que trocaba un verso. Él, a veces callaba y los dejaba cantar mejor a ellos, otras, ponía cara de “upsi, lo siento chicos” y seguía por ahí pa’ allá con su feliz atollo. Sigue leyendo

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Intruso

orgasmo1-300x241Un hombre se vuelve un problema real

el día en que se te escapa su nombre

al borde del colapso frotado por tus propios dedos

La tú que gobierna

la epidérmica

la pública…

esa que acaso creas ser

alcanzará apenas a dilatar sus pupilas

en ese instante relampagueante de goce torvo

y protestará una y mil veces luego

con las más absurdas justificaciones para consigo misma

Pero no habrá muchos remedios que inventarle al asunto

una vez que la otra

la subterránea

la visceral

la (h)embrionaria

desentierre su santo y seña

con peticiones epilépticas

Será peor, incluso, que si hubiese alguien más

encima o debajo

descubriéndose de repente doble en su rol protagónico

Será mucho más complicado

Estarás traspasando el cerco más hondo de todos

el del engaño a ti misma

Imagen tomada de: http://mujer.starmedia.com

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Edades de una ciudad

yeri y yo

Tengo la profunda certeza de que las ciudades nacen con cada uno de los seres que las habitan. Cuando alguien llega por vez primera a descubrir e insuflar su vida al vientre elástico que es el espacio físico de una urbe, ella emerge del contacto vuelta otra, estrenada en significados, abierta a sensaciones y destinos nuevos. Preñada.

El calendario puede marcar 500, 501… para mí Camagüey tiene lo que mis 27 recién cumplidos.

Es el recuerdo remoto de llevar las manos cargadas de migas de pan para alimentar a los venaditos del Casino o el asombro pícaro de descubrir con cinco años los piojos disecados en el Museo Provincial. Es el gélido dulzor del rizado de chocolate de Coppelia o el rechinar fresco del queso blanco de los guajiros cuando aparece; el tableteo de los adoquines cuando bajas en bicicleta por Independencia o Ignacio Agramonte; lo gracioso que le sueno a los amigos de La Habana cuando digo “¿pa’ dónde vai’?”, “abur”, o cuando me empeño en rechinar las erres hasta la última consecuencia de sus actos.

Es los besos panorámicos escalados a las torres de las iglesias; la maña de cortar camino por el callejón del Cuerno porque Cisneros se abre mucho y te hace andar más; el salir los sábados “pal centro del pueblo” a sabiendas de que en algún tramo de República o Maceo vas a tropezar con un amigo hace tiempo no visto; el vicio de ir siempre a bailar al mismo sitio estrecho de la Casa de la Trova.

Es ese andar de nariz medio respingada, casi congénito; el feminismo sereno y cívico heredado de grandes como Ana y Tula; la terquedad de discutir toda opinión con verbo suelto; el frescor de la casa de abuela Sahara en La Vigía, con su puntal tan alto y el pozo del patio interior que toda la familia aún llama aljibe; la eterna nostalgia por el mar tan lejos; el amor por los silencios, la quietud, los ritmos de vida más reposados.

Ese embrollo físico-incorpóreo de recuerdos, sitios, actitudes, sabores, sonoridades… es la ciudad que yo celebro cada febrero. Como si fuera apenas su primer año, o los quince. Como si le llegara el cumple más importante. Como se festeja lo que es nuevo, sorprendente, vivo cada día.

camagueyFoto:

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