El amor al otro

manos recibiendo

El dolor de un cubano alcanza a todos. En esta Isla la recurrencia de las crisis ha hecho muy difusas las fronteras entre casa y barrio, familia y amigos, y hemos terminado sobreviviendo al abrigo del otro esas carencias materiales que muchas veces nos ahogan, pero que también nos han enseñado a ser más hermanos… más humanos.

Así aprendimos a obrar desde pequeños, cuando nuestra madre ponía dos panes con algo en la jabita de la merienda, no tanto porque hubiese un receso por la mañana y otro por la tarde, sino- sobre todo- porque podía haber otro niño que no llevara nada ese día y así tendrías tú para compartir con él o ella.

Por esos resortes que nos mueven el corazón, en estos días hemos estados prendidos de la tele como nunca, persiguiendo los noticieros nacionales con la fruición con que se espera una telenovela extranjera o el serial preferido. Otro amasijo de viento y agua con nombre breve ha venido a echar pulso soberbio contra nuestras precauciones y Cuba ha pujado con todos sus bríos, pero hay poderes contra los cuales lo humano tiene límites.

Han sido días extremadamente tristes, de noticias que uno escucha hoy y aún mañana no asimila, de imágenes que velan los ojos. Por esa cosa cubana de ver como familia a cualquiera de tu tierra, he visto a mi madre llorar frente a una pantalla con el anuncio de once muertos: un bebé, un anciano… Creo que muchos hemos llorado así, de rabia, porque seamos honestos, este sistema nuestro podrá tener todos lo errores del mundo, pero ningún otro lo iguala en la ferocidad con que protege la vida de nuestra gente ante los embates de la naturaleza.

Y aun así se nos ha muerto personas, aun así las casas levantadas a los damnificados de los últimos ciclones han vuelto a perder techos, puertas, incluso muros; aun así han caído los árboles centenarios de los parques de la infancia, donde la añoranza dejó grabado el nombre del primer amor. Con sus vientos de 175 kilómetros por hora y sus incesantes aguas, Sandy nos ha demostrado que hacer hasta lo imposible no es suficiente, que no existe la omnipotencia contra el añejo dios Huracán de los mayas.

Sin embargo, en medio de la angustia y el desconsuelo, un buen observador puede encontrar latiendo la más poderosa de las fuerzas del mundo, esa contra la cual ninguna escala Saffir-Simpson cobra, esa que ha movido siempre a nuestra islita más allá de sus perpectivas o probabilidades: el amor al otro.

Nos ha punzado el amor, como una herida, cuando hemos visto a aquel dirigente ante las cámaras- cosa que nunca antes hizo para proclamar sus logros-, pidiendo a su pueblo adoptivo que le ayudara a cuidar sus vidas; y en el pecho sentimos un apretón taquicárdico al ver retroceder en horas a ese Santiago florecido de los últimos años, como si la suerte quisiera negarle a sus hijos la bonanza ansiada y merecida.

Hemos sido partícipes de la vigilia perenne de camarógrafos, periodistas, locutores, meteorólogos, funcionarios; gente mucha que también tiene familia, casa y preocupaciones, pero que pospone los más sagrados deberes ante el sacerdocio de proteger con su profesión el bienestar del otro.

Entre las líneas de nuestros cables, que afuera pocos leen a nuestro favor, un dato curioso anunciaba que de los 330 mil santiagueros evacuados de las vulnerabilidades de sus hogares, 300 mil no fueron a dar a un refugio estatal, sino que pasaron la tormenta en casa de familiares, amigos, vecinos. Por suerte aún muchos del caimán no logramos aprender la lección pragmática de que un amigo es un dólar en el bolsillo.

Por eso nos vuelve a suceder esta vez, como otras tantas, la impotencia de las cifras milenarias. Saber que más de 150 mil familias de Oriente habrán perdido total o parcialmente la seguridad de su hogar, que “la yuca” se va a poner más dura de luchar que nunca porque pocas plantaciones y almacenes quedaron en pie, que quedan muchos cables por empatar para devolver la luz a los ojos de quienes han visto, de golpe, tanta oscuridad.

Pero nuestro bien más preciado permanece intacto, y con él como estandarte nos levantamos también esta vez. De Occidente a Oriente prende esa mecha de nuestro amor al prójimo, y viajan tejas, comida, linieros, constructores… viaja nuestra fe en el mejoramiento y nuestra insubordinación a la mala suerte en la vida, que algún día tendrá que acabársenos.

He escuchado las historias de quien ha llamado desde afuera para saber cómo mandar un paquete con ropa, comida, medicamentos, o de amigos que, olvidados de golpe de sus propias y sempiternas carencias, van construyendo de a poquitos valijas nacionales para enviar vía ASTRO a destinatarios que ni conocen.

El amor nos ha sostenido y nos sostiene hoy, en esta hora angustiosa. Ante el aldabonazo del destino se levanta un pueblo que es UNO para lo mucho y lo poco, una gran familia enseñada desde la cuna a dolerse en lo más hondo con la desgracia ajena y a hacer algo al respecto.

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Acerca de nubedealivio

María Antonieta Colunga Olivera. Licenciada en Periodismo de la Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte y Loynaz.
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10 respuestas a El amor al otro

  1. Ño, tuniña, enseñame a poner un albumcito de fotos, asere!

  2. Enrique dijo:

    María Antonieta: Estoy feliz de que vuelvas, aunque nunca te hubieras ido y aunque tu vuelta tenga esta entrada por un Santiago herido. Ya estás ayudando a sanarlo.

    • nubedealivio dijo:

      Mi Mila, gracias. Tú, que me sabes bien, entiendes que siempre seguí estando… ¿verdad? A este Santiago los dos le queremos mucho, yo seguí cada una de tus letras en Adelante cuando Daiqui te mandó allá y sentí mucho orgullo y consuelo de leerte sanando con tu verbo las heridas de ese pueblo hermano. Cuídate mucho tu salud, que nos eres imprescindible. Te quiero.

  3. karinamarron dijo:

    Gracias Tunie. Un abrazo gigante

  4. Eric dijo:

    María Antonieta: Sé que lo que dices es el sentir de muchos, muchos cubanos, y no solo de los que viven en esta isla, y no solo de cubanos, sino de muchos que en todo el mundo han sabido calar la profundidad de la desgracia y anteponer la amistad a la lástima, la solidaridad a la conmiseración. Así lo han hecho aquí, en Santiago, gente de toda Cuba, botando escombros, cargando comida, arreglando cables, y también de fuera, con su preocupación. Por eso se agradece tanto un post como este, o el gesto de muchos periodistas cubanos, entregando objetos personales para una valija destinada a sus colegas santiagueros. Yo recibí un pequeño paquete, incluso con mi nombre, y la emoción no se me ha quitado todavía.
    Es cierto, como dices, que las adversidades unen a los hombres, que los tiempos difíciles contribuyen a multiplicar los sentimientos comunes y a estrechar la amistad, pero también es cierto que, como ha ocurrido incluso en Cuba, incluso en los últimos tiempos, despiertan egoísmos, mezquindades, bajas pasiones azuzadas por el síndrome de la precariedad. El único saldo positivo que nos dejó Sandy entonces, al menos a los cubanos, es que, con el golpe terrible a quienes lo sufrieron y aún lo sufren, nos recordó -como lo hicieron los huracanes de hace unos años en su momento- que todos estamos juntos en esto, que nadie está exento de una posible desgracia, y que compartir lo que tenemos, aunque sea poco, además de ayudar a los necesitados, nos hace sentir mejor como seres humanos. Espero, no obstante, que la naturaleza -sabia e irónica a la vez- no necesite enviarnos otros huracán para recordarlo.

    • nubedealivio dijo:

      Erick, yo también espero que no nos hagan falta huracanes para unirnos de esta forma, es mejor cuando uno decide darse al otro sin que nada más que tu deseo de verle feliz te impulse a ello. Es cierto que a veces la miseria material engendra miseria espiritual, pero yo quiero creer que en mi pueblo eso sucede la menos de las veces. También he visto a la opulencia material engendrando mayores miserias, inexplicablemente (digo inexplicablemente porque a mí me criaron con el precepto bíblico de “aquel que tenga dos túnicas que comparta una con su hermano”). Gracias por seguirme leyendo y replicando, cuando vuelva por Santiago, que espero sea muy pronto, te buscaré para darte un gran abrazo amigo.

  5. este…no sé qué decir, leerte es como cobrar un día y que el salario te alcance todo el mes, no tengo que agradecerte por volver, quizás reprocharte un poco por no hacerlo antes, aquí estoy atento a todo lo que escribes pa’ bebérmelo como un buen vaso de cerveza

    • nubedealivio dijo:

      Ñoooo mi Naldo, al fin llegaste, mira que te buscaba en mis comentarios. No me compares lo que escribo con un vaso de cerveza que me creo cosa, fíjate. Y no me reproches, que tú más que nadie conoces todo el proceso interno que he transitado para llegar a este día. Un beso grande.

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