Raúl Paz, la mala memoria de un buen concierto

Leandro Armando Pérez PérezApareció media hora más tarde, porque primero tuvo que hacer algo de yoga para desacalambrar la nalga derecha sobre la que cayó hace unos días en un accidente practicando esquí. Se lo contó así, con tremenda naturalidad, a una audiencia efusiva que igual lo aplaudía aunque solo bailara con el hemisferio zurdo de su cuerpo, y luego la emprendió a tararear sus temas antológicos que, seamos honestos, el público se sabía mejor que él.

Aunque en “Gente ( con Swing)” sudó frío, el atoro grande fue en “Carnaval”: luego de los primeros acordes espaciados por la orquesta para darle tiempo a buscar en su libro de partituras, descubrió que no la traía, miró al pianista, hizo su gesto de “ay-mi-madre” y se lanzó a hacer lo que le dio su gana con el tema, que para eso es suyo, también.

La muchachada a sus pies lo regañaba cada vez que trocaba un verso. Él, a veces callaba y los dejaba cantar mejor a ellos, otras, ponía cara de “upsi, lo siento chicos” y seguía por ahí pa’ allá con su feliz atollo. Seguir leyendo

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Intruso

orgasmo1-300x241Un hombre se vuelve un problema real

el día en que se te escapa su nombre

al borde del colapso frotado por tus propios dedos

La tú que gobierna

la epidérmica

la pública…

esa que acaso creas ser

alcanzará apenas a dilatar sus pupilas

en ese instante relampagueante de goce torvo

y protestará una y mil veces luego

con las más absurdas justificaciones para consigo misma

Pero no habrá muchos remedios que inventarle al asunto

una vez que la otra

la subterránea

la visceral

la (h)embrionaria

desentierre su santo y seña

con peticiones epilépticas

Será peor, incluso, que si hubiese alguien más

encima o debajo

descubriéndose de repente doble en su rol protagónico

Será mucho más complicado

Estarás traspasando el cerco más hondo de todos

el del engaño a ti misma

Imagen tomada de: http://mujer.starmedia.com

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Edades de una ciudad

yeri y yo

Tengo la profunda certeza de que las ciudades nacen con cada uno de los seres que las habitan. Cuando alguien llega por vez primera a descubrir e insuflar su vida al vientre elástico que es el espacio físico de una urbe, ella emerge del contacto vuelta otra, estrenada en significados, abierta a sensaciones y destinos nuevos. Preñada.

El calendario puede marcar 500, 501… para mí Camagüey tiene lo que mis 27 recién cumplidos.

Es el recuerdo remoto de llevar las manos cargadas de migas de pan para alimentar a los venaditos del Casino o el asombro pícaro de descubrir con cinco años los piojos disecados en el Museo Provincial. Es el gélido dulzor del rizado de chocolate de Coppelia o el rechinar fresco del queso blanco de los guajiros cuando aparece; el tableteo de los adoquines cuando bajas en bicicleta por Independencia o Ignacio Agramonte; lo gracioso que le sueno a los amigos de La Habana cuando digo “¿pa’ dónde vai’?”, “abur”, o cuando me empeño en rechinar las erres hasta la última consecuencia de sus actos.

Es los besos panorámicos escalados a las torres de las iglesias; la maña de cortar camino por el callejón del Cuerno porque Cisneros se abre mucho y te hace andar más; el salir los sábados “pal centro del pueblo” a sabiendas de que en algún tramo de República o Maceo vas a tropezar con un amigo hace tiempo no visto; el vicio de ir siempre a bailar al mismo sitio estrecho de la Casa de la Trova.

Es ese andar de nariz medio respingada, casi congénito; el feminismo sereno y cívico heredado de grandes como Ana y Tula; la terquedad de discutir toda opinión con verbo suelto; el frescor de la casa de abuela Sahara en La Vigía, con su puntal tan alto y el pozo del patio interior que toda la familia aún llama aljibe; la eterna nostalgia por el mar tan lejos; el amor por los silencios, la quietud, los ritmos de vida más reposados.

Ese embrollo físico-incorpóreo de recuerdos, sitios, actitudes, sabores, sonoridades… es la ciudad que yo celebro cada febrero. Como si fuera apenas su primer año, o los quince. Como si le llegara el cumple más importante. Como se festeja lo que es nuevo, sorprendente, vivo cada día.

camagueyFoto:

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Una Pared para defender el cambio

la_pared2Mientras los créditos del filme trepan la pantalla, la voz de Luisi– por primera vez escuchada luego de hora y media de trama– se alza en off para susurrar las palabras-anzuelo prendidas a la vida de seres como él. “Prohibieron, marginaron, negaron, rechazaron, callaron, encerraron, olvidaron…” se escucha en la oscuridad de la sala, y la gente aplaude primero y calla luego, en un silencio plomizo que dice muchas cosas.

Pasa un minuto, dos, tres. Aunque es tarde y probablemente no haya transporte para regresar a casa, nadie se levanta de su asiento. El público está, literalmente, viendo también los créditos, como si no quisiera aún marcharse de frente a “La Pared…”. O como si no tuviera fuerzas.

Fernando lo comentará al otro día, profundamente conmovido: “jamás me había sucedido eso con ninguna película mía, en ningún otro lugar; que todo el mundo se mantuviese sentado hasta el último letrero en pantalla, con tanto respeto. Le agradezco mucho a Camagüey ese gesto que me hizo tan feliz.” Seguir leyendo

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Amanecer feliz

pollo_cartera

Puede haber perros de bolsillo y pollos de cartera, lo segundo lo descubrí hoy en la mañana. La señora corría voluminosamente hacia el ómnibus de transporte urbano que la miraba con su cara de “no me cabe un alma más”, y en su suerte de marcha olímpica uniformemente acelerada aventaba de un lado a otro un singular bolso de contenido animado.

De lejos parecía eso: un bolso pequeño, como carmelita, de asa corta. Pero luego por un extremo asomaba una cabeza con pico y por detrás, unas patas con cola plumada

¿Instalación popular?… NO, ¡que se mueve!

Era, básicamente, un pollo blanco de patio, con alguillo de cresta ya, envuelto circularmente por el dorso con cartón cuidadosamente prensado al cual la ingeniosa dueña le había dispuesto de extremo a extremo una suerte de agarradera, para mayor comodidad en su transportación.

Al ave se le notaba que iba muy a gusto en su cochecito portátil; aunque no sé realmente cómo se haya comportado luego, una vez introducido en la guagua.

Yo iba en lo que acá llamamos coche (carretón tirado por un caballo… sí, ¡¡¡como en el siglo XIX!!!, que en la contemporaneidad real-maravillosa de Cuba sigue sirviendo en provincias del “interior” para moverse dentro de las ciudades).

Y de repente aquel fresco de parada me hizo confirmar que Cuba es un país muy gracioso, donde la gente convierte la necesidad en sonrisas.

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Tranquilo, Tony, tu música habla por ti

Leandro Armando Pérez Pérez

La entrevista a Tony me la maleó un dolor de barriga. De él, no mío (que conste). Yo en menos de doce horas me hice “socia” de dos de los carpeteros del Hotel Plaza, que habrán pensado que era una gruppie la que llamaba tanto y no la periodista que juraba querer entrevistarlo.

El martes, al otro día de no aparecer, fui y le hice guardia en el lobby toda la mañana, y hasta volví a llamar aún cuando parecía que me “barajaba”. Yo tenía tres hojas de mi agenda llenas de preguntas, Tony, de preguntas que no eran ¿qué se siente estar en Camagüey? o ¿qué trae el próximo disco?… pero supongo que hay cosas que están para no ser.

Me vine a rendir a las 8 y 20, cuando te vi llegar en la Yutong al Principal con tiempo apenas para salvar la puntualidad de la cita con tu público. Entré determinada a ya no preguntarte nada, a hacer la reseña casual, la sopa que también uno hace; pero la pseudo-bravura profesional no iba a durarme mucho, ni siquiera azuzada por el numerito a la entrada de “no hay palco para la prensa, solo invitados en el segundo piso”. Seguir leyendo

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Decadencia y caída del ajiaco sanjuanero

 

caldosa-san-juan-2014

Fue triste tener que buscar tanto. Dice Carlitos (que ha sido chofer del periódico desde hace “uffff”) que diez años atrás uno se topaba tres ollas por cuadra y a todos los vecinos botados para la calle, y las aceras adornadas con serpentinas y bombillos y cosas de todos los colores.

Pero el del 2014, siguiendo la curva de decadencia que sus antecesores parecen dictar, ha sido un San Juan de poco sazón en los barrios. Lo comprobamos este martes, a eso de las seis de la tarde, cuando salimos en equipo a buscar instantáneas para Adela y en recorrido de hora y algo por centro y bordes de la ciudad, apenas alcanzamos a sorprender una decena de caldosas al fuego lento de los festejos.

La caldosa o ajiaco, preparación típica del Caribe consistente en un caldo hecho a base de viandas, carnes y legumbres, es tenido en Camagüey por plato autóctono y solía ser uno de los hitos “infaltables” de sus verbenas de junio. Cada 24, la vecindad de las distintas barriadas o repartos de la ciudad se congregaba para preparar a muchas manos el cocido, y alrededor de la hoguera se orquestaba un “rumbón” colectivo a ritmo de la música que alguien sacaba de su casa y de los traguitos de cerveza o ron que para la ocasión se compraba entre todos. Seguir leyendo

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