Decadencia y caída del ajiaco sanjuanero

 

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Fue triste tener que buscar tanto. Dice Carlitos (que ha sido chofer del periódico desde hace “uffff”) que diez años atrás uno se topaba tres ollas por cuadra y a todos los vecinos botados para la calle, y las aceras adornadas con serpentinas y bombillos y cosas de todos los colores.

Pero el del 2014, siguiendo la curva de decadencia que sus antecesores parecen dictar, ha sido un San Juan de poco sazón en los barrios. Lo comprobamos este martes, a eso de las seis de la tarde, cuando salimos en equipo a buscar instantáneas para Adela y en recorrido de hora y algo por centro y bordes de la ciudad, apenas alcanzamos a sorprender una decena de caldosas al fuego lento de los festejos.

La caldosa o ajiaco, preparación típica del Caribe consistente en un caldo hecho a base de viandas, carnes y legumbres, es tenido en Camagüey por plato autóctono y solía ser uno de los hitos “infaltables” de sus verbenas de junio. Cada 24, la vecindad de las distintas barriadas o repartos de la ciudad se congregaba para preparar a muchas manos el cocido, y alrededor de la hoguera se orquestaba un “rumbón” colectivo a ritmo de la música que alguien sacaba de su casa y de los traguitos de cerveza o ron que para la ocasión se compraba entre todos. Sigue leyendo

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Mi primer “hijino” o el show bautismal de Mauro-3399

 

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Si Alejo se entera, seguro se pone a dúo con Gallego a darme tronco de chucho; pero todavía guardo en mi Samsung de palo el ese-eme-ese del 25 de diciembre de 2013 en que me mandó a preguntar “BTW quieres ser madrina de Mauro?”.

El cangrejo Alejo, como me lo anuncia mi madre cuando llama a casa pa cualquier brete, es un amigo de esos que a uno no le cabe un comino (… allí mismo) cada vez que puede inflar los pulmones y soltarle a alguien “ah, ese es mi socio”.

Recuerdo incluso lo primero que leí de él, cuando ni BBC le publicaba en Voces de Cuba ni él soñaba un carajo con abrirse su Alejo 3399. Fue un comentario de la página dos de Adela, ese periódico que siempre hemos llamado como nos da la gana y que en el fondo siento que los dos amamos visceralmente. El título era algo así como “La ingenua amenaza del doble nueve” (cosa del dominó jugado en esquinas de barrio) y después que terminé la última línea, estaba convencida de que ese chamaco era una promesa del periodismo y que yo quería ser amiga suya.

Pasó el tiempo y se graduó el primero, yo después, los dos de cabeza pa Adela … en fin, la historia la contaré en otro post algún día, porque este es para Mauro aunque hasta aquí un jurado de escuela secundaria pueda quitarme cinco puntos por (des)ajuste al tema.

Mi punto es que nos fueron sucediendo una pila de cosas, cosas que unen a la gente, como la cerveza de carnavales en la calle de los maricones donde no se forma cola ni bronca, o el viaje a Labana pal premio 26 de Julio aquel que no nos creíamos y su forma simple de demostrarme que era mi hermano dejándome el cuarto para mí sin preguntas, o la vez que me prestó a su madre psiquiatra para que atendiera los extravíos de la mía, o lo de meterme perros sarnosos en la casa para que luego se los llevara bañados pal negocio a ver si les encontrábamos dueños… o su post de globos rojos cuando el chichón de caerme del Olimpo. Sigue leyendo

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¿Qué les queda a los periódicos?

leyendo_periodicoInvestigaciones recientes y no tanto, lo mismo de la Universidad Complutense de Madrid que del Centro de Estudios Sobre la Juventud Cubana, confirman con cifras irrefutables esa sospecha que ya temíamos: los periódicos son cosa de “viejitos”.

Los jóvenes prefieren ver la tele, conectar los oídos a sus reproductoras musicales, alquilar o “copiar” series y programas de espectáculo, cuando más leer un libro, una revista, y si se trata de informarse, pues la Internet, los blogs y esas páginas donde los periodistas escriben diferente de cosas diferentes.

Ante una realidad así, en la redacción de un semanario impreso de provincia uno se pregunta a lo Benedetti: ¿qué les queda a los periódicos y a los “periodiqueros”?… ¿Acaso conformarnos únicamente con la fidelidad de esos mayores que alborotan colas de estanquillo, y trabajar hasta el tiempo que nos duren? ¿Emborronar cuartillas para envolver pescado o pomos de agua congelada? ¿Imprimir momias de papel gaceta y contribuir a la museografía contemporánea?

¡Solavaya! Mejor que nos quede aún la esperanza de saber que hay chance todavía de montarse en el carro del ahora. Que en el cruce de las mismas manos y las nuevas puedan surgir maneras renovadas de moldear la arcilla esa que es la palabra, y se pueda aprender de una vez pronta a reportar en el idioma en que está expresándose la vida.

Mejor dejar de aupar tantas reuniones, no intentar sacar más rictus a los actos, obturar solo contra lo que sorprenda, salir a auscultar donde los latidos, buscar historias que muevan o conmuevan y contarlas luego, así, humanamente, olvidando un poco los “piramidismos” que van quedando para agencias raudas.

Mejor que nos urja la premura de hacer periódicos un mucho diferentes, no solo por el “santo” de una fecha- como se empeña este abril 4 mi periódico- sino porque en ello nos va el no morirnos en este siglo, definitivamente.

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Jugar duro a ser mujer

mujer ordeñando

- “Mira mamita, está cayendo en celo esa”

- ¿Cuál, Yudavis?- pregunta ella- y yo no puedo evitar mi carcajada porque una vaca responda a tal nombre.

Pero ellos ni se enteran. Están en la etapa en que el amor es nuevo aún, y perfecto, y la forma en que se miran o la manera eléctrica en que se rozan sus manos por entre los flecos de las sogas hace relucir hasta al lodo del cuartón de un modo que haría palidecer al más brillante set de Hollywood.

Porque esta no es- como me la “vendieron”- la historia de una adolescente que ordeña vacas. No. Esta es eminentemente una historia de amor, cosa igual de rara, y así como me sacudió habré de escribirla.

Al principio él habla por ella, porque la frena un poco la pena montuna y el no entender aún tanto revuelo de equipos de prensa en días consecutivos pasando a preguntarle, a filmarla, a fotografiar. Es normal, con apenas dieciocho el mundo debe parecer todavía muy grande y los periodistas gente importante. Cosa linda la inocencia. Sigue leyendo

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Kenitica y Poppinga

kenia y tunie

Para tu información, Kenia se escribe con K”. Sí, creo que esas fueron las primeras palabras exactas que me dijo, en la formación de la entrada del comedor de la derecha de la ANEXA, cuando descubrió que yo la había anotado con Q en la lista de los mal portados a la hora del almuerzo.

Yo era la niña nueva de su aula de 4to grado, porque a mi profe Francisca se la habían llevado casi a finales de aquel curso para “Laprovincia”, y el grupo había sido desmembrado y reinstalado en las aulas aledañas. Y como era la niña nueva (y quizá para darme tareas y reconocimiento entre el resto), Deisy, la maestra de Cuarto A, me había puesto a hacer de “celadora” de la disciplina.

Pero tan tempranamente como mis tempranos ocho años de entonces terminé demostrando que no estaba lista para tamaño cargo, que yo no servía para echar palante a conciencia ni para poner mucho orden donde no lo hubiera y que era fácilmente subversible por el “enemigo”: me hice la mejor amiga para toda la vida de aquella rubita insoportable y rectificona, y la borré de la lista. Sigue leyendo

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Perspectiva

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Un tirante no cubre nada físico,

apenas un ápice insignificante de hombro.

Un tirante intenta desaparentar la desnudez que enuncia,

como serpiente que se muerde la cola,

como serpiente que te cruza del seno al borde de la espalda,

(de un barranco a otro)

simulando el control y el orden.

En esa existencia disonante

pueril

obsoleta

a veces los tirantes caen,

agotados de intentar el gesto absurdo que les toca. Sigue leyendo

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Globos rojos para Darío

globos_rojos

globos_rojos

No voy a hablar ahora del post, de las cosas que le faltan y las cosas que le sobran, de si el blog era o no el espacio más fructífero para la denuncia, de si mostrar las fotos a la luz pública de la web causaba más daño que beneficios… esas cosas, con irremediable mala fe, habrán de “aclararlas” las siempre efectivas buscadoras de piojos; y también habremos de afrontarlas offline nosotros, los que lo haremos sin saña y para crecernos juntos un día de estos, sentados con Darío en el malecón, botella de vino dulce mediante.

Ahora creo que es el momento de estar para lo que venga, como hacen los amigos, como hace la familia. Como hizo una vez conmigo Alejo 3399, cuando más sola me sentí en la vida, cuando lloré sobre la mesa de madera de casa mi fe extraviada en los caminos de la censura.

Alejo hizo esa vez un post de monumental sencillez que yo aún guardo como uno de los gestos más grandes de todos los que recibí por aquellos días, en apoyo a mis “circunstancias”. “El post de los globos rojos”, así ha dado en nombrarlo mi memoria con profundo sentido de agradecimiento, aunque nunca nadie llegara a saber o a entender su fin.

Hoy resulta que es Darío el que espera en la picota su sentencia, y mañana puede ser cualquier otro bloguero, por cualquier otro post incómodo, porque es algo natural, porque con Internet en Cuba pasa como el slogan de Lucas: que no estamos listos, ni lo vamos a estar totalmente en mucho tiempo (y me refiero a TODOS, incluyéndonos a nosotros, los blogueros, que nos debemos a nosotros mismos y a nuestros lectores el deber sagrado de hacer cada día un mejor blogguin, un ejercicio más certero de nuestra opinión).

Hoy es Darío quien está allí, en medio del torbellino que levanta acá una verdad cruda o mal-tratada cuando se hace pública y choca contra los temores, las incomprensiones o contra ese síndrome tan nuestro de plaza sitiada.

Más allá o más acá de los cuestionamientos que puedan hacérsele al particular tratamiento que hizo con la información que cayó en sus manos, yo, como su amiga, como hermana suya de esa comunidad innombrable que formamos los blogueros de este complicadísimo país, como compinche de subidera y bajadera de lomas o de eventos curriculares, y sobre todo, como alguien que sabe por experiencia cómo se siente hoy; yo no puedo más que guindar en mi ventana globos rojos para Darío y pedir, humildemente, que todo el que entienda lo que yo digo y lo comparta, vaya a su muro de Facebook y haga lo mismo.

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