Lo revolucionario y el amor

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Hay una frase de Ernesto Guevara, escrita en El Socialismo y el hombre en Cuba, que a mí me perece sencillamente genial. Dice Che, “aun a riesgo de parecer ridículo”, “que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”.

Pocas veces se insiste en esta esencia cuando se habla de la Revolución y el ser revolucionario. En el panfleto y en el discurso repetido se escribe y se dice así, la Revolución, con el artículo privativo y la mayúscula inicial solemne, para hablar del proceso revolucionario y popular que abrió paso al actual poder político cubano, y para montarle arriba todo lo que ha venido después, lo bueno y lo no tanto, lo realmente emparentado con los principios sociales de su génesis y eso otro que no es ni remotamente la revolución, sino sus errores.

Sin embargo, en medio de esta barahúnda englobadora y a veces hasta antitética de hechos, posturas, personas, medidas o fenómenos que se intentan empujar dentro de la sola palabra, ha faltado la preocupación por incluir o rescatar al amor como conditio sine qua non de la cosa revolucionaria.

Así nos sucede entonces que aquellas ideas, que sedujeron a más de uno para ir a echar las barbas o la vida en lo más encumbrado y oriental de la Isla, que trastocaron la dirección particular de intelectuales y pequeños-burgueses citadinos hacia remotos bohíos donde alguien necesitaba aprender a leer y escribir o hacia el central azucarero con administración vacante que había que poner a producir, … son hoy ideas cuyo significante resulta vacuo para muchos cerebros y corazones.

Para volver a llenar de esencias esa palabra que el sobre-uso o mal-uso nos ha prostituido habrá que irla despojado, poco a poco, de muchas grandezas que le sobran y la alejan y habrá que volverla de bruces hacia la fuerza que le fue desde siempre motor impulsor (aquí, en Francia, en Haití, en los Estados Unidos, en México y en todos los lugares donde se la ha pronunciado e intentado alguna vez): el amor.

Hay que recordarle a la gente que una revolución verdadera se hace por amor: amor al prójimo- en primera instancia-, amor a la ciencia y al progreso, amor a las artes, amor a la vida y su disfrute pleno, amor a la libertad de pensamiento y expresión, amor a esa simbiosis polisémica que nombramos Patria… Busque detrás de cada proceso o acto considerado revolucionario en cualquier esfera de la vida y encontrará la motivación de este sentimiento en alguna de sus manifestaciones. Y si no lo encuentra, no lo dude, no se trata entonces de un suceso revolucionario.

En Cuba hay buenos ejemplos para creer que nuestras revoluciones han sido de las verdaderas, y no de esas que se ponen el nombre para sonar a cambio y a cosa buena y así convencer a los de abajo.

Imagínense a Joaquín de Agüero, jovencísimo de unos pocos años más allá de los treinta, hacendado fructífero que pierde la vida ante un pelotón de fusilamiento por dar libertad a sus esclavos mucho antes del 68′ y azuzar una revolución en su natal Camagüey contra el puño ibérico.

Recuerden a Agramonte, alejado de las comodidades de su céntrica mansión principeña y de la tibieza del vientre de su Amalia, privado de mecer los sueños de sus hijos o de ejercer tranquilamente la profesión de sus desvelos estudiantiles, muerto de bala en un campo y quemado por la osadía de no bajar ni dejar a otros bajar la cabeza.

Piensen en la familia de los Maceo, en el temple de Mariana entregando uno a uno a sus hijos-titanes sin lágrimas públicas ni recelos.

Guarden en el corazón a ese Pepito Martí, que pasó la mayor parte de su vida en el exilio no deseado, con los bolsillos llenos del dinero de los tabaqueros de Tampa y sin disponer de una moneda para pagarle al buen Pedro el recorte de sus bucles; ese hombre bueno con los huesos corroidos por el hierro de San Lázaro donde aprendió a no odiar jamás, ni al enemigo, y a sembrar por doquier sus rosas blancas y sinceras.

Vuelvan a la poesía febril de Villena, poesía de ardores del alma, poesía valedera, y vean como pudiendo ser un hombre de letras, reposado en la paz que a gritos reclamaba su tuberculosis, decidió por lo que no le convenía a él sino a otros, y murió joven, consumido en el fuego y lumbre de su sacerdocio social.

Recuenten las historias de Frank País, el muchacho níveo que predicaba los domingos en la iglesia bautista de su padre y llegaba descalzo a casa por darle zapatos a los pies desnudos que la miseria republicana le afloraba en su camino. O las de los 82 a bordo del Granma, entre los mareos del mar y los de los nervios, con más ideas que armas, desajustando cronograma para volver proa en la búsqueda del que ha caído al mar. Hombres de ciencia y arte, cuya fe en la utopía les vuelve irracionales y aún luego de un baño de balas en Alegría de Pío se atreven a creer que con 12 hombres se puede cambiar la historia.

Imaginen a los otros, a los soldados desconocidos que nunca alcanzaremos a nombrar ni agazajar en ningún libro, los que dieron su vida, o sus mejores años, o su salud, o sus sueños (que no sé ya cuál de todas las cosas resulta más meritoria). Entre esos estamos nosotros, los de hoy, los que conscientemente o no, a favor o incluso en contra de nuestra voluntad, estamos echando la vida aquí, en esta Isla de los tantos conflictos y hacemos día a día el futuro nacional, la revolución de ahora.

Son actos de profundo amor, los sacralizados en los anales de la historia y los cotidianos, los que han movido y tienen que mover en todo momento a esta revolución si la queremos verdadera. No olvidemos eso, para no perdernos.

Lo que no parezca encerrar amor en su epicentro, lo que no se mueva por ahí, por la cuerda del alma, lo que no atraviese ileso el fuego puro de la sensibilidad y el espíritu, eso no es verdaderamente revolucionario y, definitivamente, hay que cambiarlo, moverlo, solucionarlo, re-evolucionarlo.

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Acerca de nubedealivio

María Antonieta Colunga Olivera. Licenciada en Periodismo de la Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte y Loynaz.
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12 respuestas a Lo revolucionario y el amor

  1. ralexdelpino dijo:

    Gracias Tunie, no podían faltar tus letras francas y bellas en este día.

  2. Alejandro dijo:

    Me has dejado sin palabras. Tienes razón en todo lo que pones aqui, como dijera Varela:

    Es que sin amor nada es posible
    Sin amor nada vendrá
    Sin amor no somos libres
    Como un pez sin el mar

  3. hermoso texto que pregona una verdad elemental pero no por eso más entendida. Un beso desde La Habana
    R

    • nubedealivio dijo:

      Rafa, gracias por este comentario, la Kafetera fue demasiado breve (incluso G y su madrugada mediante) como para conocerlos a ustedes y el que me lleguen ahora estas palabras tuyas me anima ciertos rincones del alma. Un abrazo desde Camagüey y no le robes Nutella a Mar 😉

  4. Sencillamente genial!!!! Un besito para ti, Nubecita

    • nubedealivio dijo:

      Gracias Yaima, ya me llegué a leer el tuyo, tengo ahora curiosidad de ver esa botellita maravillosa que espera por su dueña. Y gracias (otra más) por sumarte a la locura facebuciana del lunes. Un besito de vuelta.

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